martes, 28 de octubre de 2008

Cartografías Orgánicas






Una buena parte del sistema Hidden Profile se sustenta en la posibilidad de hacer una Cartografía del funcionamiento de un organismo, incluyendo en este concepto tanto a individuos como a empresas. Hidden Profile se inspira en un enfoque organicista muy en la línea de las ciencias de la complejidad y con el nuevo paradigma emergente.
Para tener una idea puedes clicar en este enlace:
Cartografías Orgánicas

Sobre procesos de Coaching relacionados con Cartografías Orgánicas:
Hidden Profile

Empresas que Sanan

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Libro Empresas que Sanan Muestra

viernes, 1 de agosto de 2008

El Oro y la narrativa

El Oro y las narraciones

"Si un hombre cualquiera, incluso vulgar, supiera narrar su propia vida, escribiría una de las más grandes novelas que jamás se haya escrito."
Giovanni Papini


Vivimos rodeados de narraciones. Son narraciones lo que nos cuentan los medios de comunicación, los rumores, las explicaciones que damos de nosotros mismos, los diálogos internos, lo que somos capaces de leer en los libros que leemos, lo que decimos y no decimos en los libros que escribimos. Las descripciones que hacemos de nuestros padres y de nuestras relaciones también lo son. Cuando explicamos nuestros sentimientos estamos construyendo una narración. Vivimos rodeados de ellas, agarrados a ellas como el que en medio del mar se agarrara a un trozo de madera para evitar ahogarse. La tabla sería para el náufrago su posibilidad de narrar, de navegar, de dar sentido a su situación. Narrar es redimir, salvar, dignificar, ajustar. Narrar puede ser, también, acusar, una queja, un agradecimiento, una sonrisa.
Las narraciones que nos vienen dadas desde fuera como, por ejemplo, las referidas a la situación económica o política en el mundo, se solapan con las nuestras e, incluso, las secuestran. Como si fueran placas tectónicas, las narrativas externas e internas colisionan, se mezclan entre ellas, se reflejan, se eclipsan o se fertilizan entre si.

Hay narrativas que chocan. Hay narraciones de una misma narrativa que chocan entre ellas, que se fagocitan o se rechazan entre sí, que se contradicen como familias mal avenidas, como padres que no comprenden a sus hijos, como hijos que desprecian a sus padres, como hermanos que no se entienden, como elementos de la propia personalidad que se repelen entre si, que boicotean la narrativa íntima o que reniegan del narrador. También hay narraciones de narrativas antagónicas que se llevan bien entre ellas.

Narrar es cambiar. Al narrar facetas y acontecimientos que nos afectan, creamos la posibilidad de cambiar algo de ellos. Narrar es predisponerse al cambio.

Narrar no es decir. Decir es la parte de la narración con que queremos justificarnos ante los demás. Una narración es más que lo que decimos y pensamos conscientemente. Con lo decible pretendemos acercarnos a los demás o separarnos de ellos. En cualquier caso, si lo que se dice tiene el tamaño que tiene la narración, entonces estamos en la vía de la transformación, del descubrimiento.

Hay cosas que no pueden cambiar. Son inenarrables. Sin embargo, a la que puedan ser narradas damos pie a que puedan cambiar. Narrar equivale a abrir una puerta para que algo pueda salir y/o entrar.

Narrar es un proceso creativo que nos ayuda a enlazar unas cosas con otras. Una vez mezcladas esas cosas en una nueva narración, los acontecimientos a que hacían referencia también cambian.

Es interesante narrar el pasado en tiempo presente y notar cómo podemos describir una misma situación de manera diferente en cada momento. El presente influye sobre el pasado.

Las narraciones, como el estaño o el mercurio de los alquimistas, no son un fin en sí mismas. Sólo son un medio, una estación en el camino o un escudo que se usa entretanto uno no es capaz de captar y vivir plenamente el Oro interior. Cualquier narración que se utilizara como si fuera un objetivo o una verdad definitiva impediría esta captación. Nos volvería paranoicos.

Si la paranoia es la corrupción del yo real, al cual se suplanta con una ideología que lo predefine a uno y al sistema en el que participa, la narración –todas las narraciones- es una pequeña y efímera paranoia que nos mantiene ocupados entretanto no alcanzamos el Oro alquímico. La corruptibilidad y oxidabilidad de los metales alquímicos encuentra su excepción en el Oro. El Oro es el silencio, la luz, el Sol, el océano, lo que uno es más allá de su voluntad. Es la conciencia pura antes de la formación del yo. La narración es una nube que filtra o impide la llegada de su radiante y cegadora luz. Para nosotros, un dia nublado es un día sin Sol. Sin embargo, él sigue irradiando más allá de toda narración que hagamos de un día nublado.

La narrativa sería, pues, el conjunto de todas las narraciones que modelan nuestra actitud, comportamientos, reacciones y emociones. Una narración es una forma de mirar, un meme que genera una influencia que nos afecta. La narrativa formada por todas las narraciones que articulan nuestro modo de vida es como un sistema de partes entrelazadas. Una narración es un quantum vivo que, cuando cambia, influye sobre las demás. Eso lo saben muy bien quienes controlan los medios de comunicación, que de continuo están generando narraciones encaminadas a modelar, eclipsar y dirigir las nuestras. El paranoico que en potencia cada uno puede ser se sirve de las narraciones ideológicas –a menudo quejas disfrazadas de conciencia social- para ocultar el fracaso de no haber sabido construir una narración genuina y fidedigna de si mismo. La paranoia es la corrupción del pensamiento acerca de uno mismo. Un Narciso frustrado en día nublado.

Si la narrativa de uno es su personalidad y ésta, a su vez, es una máscara, entonces ¿son mis narraciones, las facetas de mi personalidad, máscaras? Y si eso es así, máscaras, ¿quién soy yo realmente sino Oro? El Oro interior que en cuanto se narra queda enmascarado, se corrompe. La tentación de individualizar el Oro narrándolo, apropiándoselo, es corromperlo, . Es por ello que el Oro que uno es se resiste a que se le pongan palabras que lo narren. Narrar sería nublar el cielo azul. Uno no es su Oro. Es uno el que es del Oro. El Oro lo somos todos. Narrar el Oro como si uno fuese él sería como traicionar la vida. Hablar de Dios, invocarlo, hacer de Él una religión, es volverlo corruptible en nuestras manos. Toda narración es potencialmente corrupta si se espera de ella una verdad. De la misma manera que el náufrago hará bien en no confundir la madera a la que se agarra con el puerto al que quiere llegar.

Se puede narrar una técnica pictórica, un procedimiento, pero pretender narrar la belleza es corromperla. Por eso pintamos, no para mostrar la belleza, sino para poderla vivir. Pero, ¿cuándo la belleza? ¿al acabar de pintar el cuadro? ¿mientras lo pinto? ¿antes de pintarlo?
Como un pintor ante el lienzo vacío, ambos están en la cima de su nobleza. Es el cuadro sin pintar el verdadero Oro del pintor. Sólo cuando ya ha pintado es que el cuadro deviene en narración y, por tanto, se torna corruptible si él se identificara en la obra hecha.
Del mismo modo que un lienzo sin pintar es el Oro sin narrar. Es la mirada del pintor sobre el lienzo la que es silencio y esencia puesto que están todavía en el interior de uno. Es cuando se pinta que la esencia se convierte en narración. Igual sucede con el bebé mientras se gesta en el vientre de la madre y ésta no ha hecho ninguna proyección de futuro sobre él.
Como el amor, que se resistiera a dejarse narrar por una relación para evitar su corrupción.

El Oro era aquello que de niños veíamos en el espejo antes de que nos creyéramos las narraciones de los adultos, antes de que el plomo del sistema nos contaminara. El Oro era nuestra mirada. El Oro es lo que veríamos con aquel mirar.

Un reajuste o una transformación en la narrativa de un país suele coincidir con un acontecimiento telúrico de primer orden. Se suma el movimiento procedente de las placas tectónicas o la erupción de un volcán junto con la eclosión de un proceso social que ya venía gestándose. Es como si la narrativa del país se rebelara y actuara en multitud de capas simultáneamente. Las placas tectónicas y las placas narrativas retumban juntas. Igual que hay choque de placas tectónicas, hay choque de placas narrativas, choque de civilizaciones. Igual que hay placas que quedarán sumidas debajo de otras, hay culturas que quedan sumidas debajo de otras, y partes de nosotros que quedan sumidas debajo de otras.

Hay tantas narraciones que se pueden hacer de una misma cosa que cada una de ellas nos llevaría a diferentes sitios de nosotros mismos aunque ellas tan sólo estén hablando de lo mismo.

Como si se tratara de estrellas en una galaxia, nuestras narraciones forman una constelación. Como planetas, las hay que giran alrededor de otras. Hay asteroides, narraciones que orbitan discretamente pero que con el tiempo advertimos su importancia. Hay algunas que llegan a nosotros como meteoritos que nos impactan y nos cambian en el momento menos pensado. Y todas giran en torno a una narración fundacional, nuestro plomo, nuestra primera contaminación. Ësta es, pues, el núcleo de toda la narrativa que el total de nuestra vida será.

Como planetas que giran alrededor de una estrella, las narraciones giran alrededor de una narrativa. Las narrativas forman galaxias de un orden mayor en el cual hay un agujero negro, un centro galáctico, un centro narrador, una cripta, un pudridero a donde va a parar todo lo narrado y, a la vez, un útero de donde sale todo lo por narrar. Una incógnita. De ahí salimos y hacia allí vamos.

Como en una convocatoria continua, la narrativa que es nuestra vida es permeable a que entren otras narraciones y otros narradores que la enriquezcan o la empobrezcan. Así, en ella, hay narraciones futuristas o nostálgicas; emergentes o decadentes; genuinas o heredadas; individualizadas o masificadas; conciliadoras o separadoras; benéficas o maléficas; liberadoras o adictivas; ontogénicas o patogénicas; que nos autentifican o que nos falsifican; que sirven para mostrarnos o que sirven para escondernos; las hay que nos respetan y las hay que nos invaden; las hay que nos despiertan y las hay que nos mantienen dormidos. Hay narraciones que nos ayudan a descubrir el Oro. Hay narraciones que nos lo roban.

Un enfermo, cuando recibe el diagnóstico del médico, también recibe una narración acerca de él. El médico, a parte de narrar a su paciente algo que le concierne, puede también ocuparse en conocer cuál es la narración que la persona que tiene ante sí hace de su situación. Hay enfoques médicos cuya narrativa eclipsa la del paciente. También hay otros enfoques que, más que narrar con una sola voz, buscan hacer un coro con el paciente y su enfermedad de tal manera que entre ambos pueden construir una narración constructiva y amable. Así, pues, la forma de exponer un diagnóstico puede dar lugar a que la narración del enfermo se vea eclipsada por el estilo y el enfoque del médico, o bien, que ambos acaben construyendo una narración que amplíe y enriquezca la que cada uno tenía.

Hay enfermedades leves que afectan a la narración del paciente. Hay enfermedades más graves que acaban afectando a toda una narrativa.
Hay casos tan curiosos e inclasificables que cuando un médico se encuentra con ellos alteran y transforman su narración y, quién sabe, si también su narrativa.

El Oro y el narrador

El narrador que somos crea los personajes y las situaciones, los construye y los atrae hacia si. Ellos son voces que complementan la del narrador. En realidad son todos ellos partes del narrador que uno es. Aunque el personaje crea al narrador tanto como el narrador al personaje, todos ellos forman un coro. El escritor es tan sólo un personaje más de la narración, y en todas las narraciones con las que explica su vida subyace un Oro, un silencio, un océano, la imposibilidad de explicar ese Oro.

Hay tantas formas de narrar y tantos narradores como estrellas en el cielo. Hay narradores que sólo brillan al principio y luego se eclipsan, o se dejan eclipsar, por algún personaje que ellos mismos han creado. Hay narradores que interfieren tanto en la narración que la arrasan, la impiden o, de tanto que la quieren controlar, acaban sepultados por ella. Hay narraciones que actúan como nebulosas que ponen difícil la visión de la luz, del Oro. Hay narradores que al narrarse a si mismos se suicidan. Hay narradores que se imponen sobre la narración y no se traicionan ni se esconden. Hay narraciones que sirven para que el narrador proteja, gestione y dosifique su Oro, para que no siempre esté escondido y, también, para que no esté siempre expuesto.

Hay narraciones incompletas, que empezamos y no concluimos, o que nos llegan ya empezadas y piden ser concluidas En estos casos se pone en evidencia de que es la narración quien busca al narrador de la misma manera que una semilla se deposita en una tierra en la que espera poder germinar. Por eso mismo, una persona que llega a nuestra vida es como una semilla que dará lugar a que nuestra narrativa se amplíe. Es la fusión de narraciones y narradores. Es, acaso, la unión de narrativas, la unión de placas tectónicas que da lugar a fenómenos telúricos.

Un sueño pide ser encarnado y cumplido en la vida del soñador de la misma manera que una narración pide ser integrada en una narrativa, como un niño que necesita de su familia.

Hay narradores que no narran porque no sueñan. Hay sueños que piden ser narrados, rescatados del bardo, como un amor que pide que lo plasmen aún a riesgo de acabar corrompido por el uso.

Hay narraciones que llegan en forma de sueño, cogiendo desprevenido al narrador. Hay sueños que podrían haberse convertido en narración de no ser por el narrador.

Hay sueños que vienen tan cargados que hay esperar.
Hay narraciones que no se pueden completar porque al narrador le falta un sueño.

Hay narradores tan perfeccionistas que prefieren no narrar, que prefieren el silencio.
Los hay tan poliédricos que prefieren que sean los demás quienes les narren.

Hay narradores que se dejan absorber tanto por la narración que olvidan que la vida es algo más que una narración

Hay narradores despóticos, tiránicos, omnipresentes, que no delegan ni confían en sus personajes. Hay narradores solidarios y tan democráticos que, de tanto delegar, pierden el control de la narración.

Hay narradores que tan sólo dejan ver al narrador al final, en un descuido de éste. Hay narradores que no narran pero que dejan tanta huella en las narrativas ajenas que éstas ya no volverán a ser las que eran.

Hay narradores que pierden su autoría. Hay narradores que son narrados por narraciones de otros narradores y se identifican tanto en ellas que pierden de vista lo que ellos podrían haber narrado.

Hay lienzos que esperan al pintor durante años. Hay pintores que esperaron años para encontrarse cara a cara con el lienzo. El lienzo, a su vez, no quiso ser pintado por otro que no sea él o ella. Se esperaron el uno al otro.

Hay narraciones a la espera de un narrador. Hay narradores a la espera de una narración que les ayude a drenarse de todo aquello que no es su Oro. Toda narración es un drenaje. Una narración surge de la necesidad de evacuar lo innecesario. Lo realmente necesario es innombrable, porque si lo nombras entonces lo conviertes en innecesario.
Si el amor es Oro, proclamarlo es corromperlo. Si el Oro es Ser, amar es la acción pura que se resiste a ser narrada para evitar su corrupción.
La narración es un maquillaje, de la misma manera que la personalidad es una máscara para el yo. La personalidad es como una botella de vino ya abierta y servido en copa. La personalidad es corruptible en la medida en que se expone al exterior. En el interior, la semilla, el Oro, incorruptible, el Sol que ciega los ojos de quien lo mira.

Hay narraciones que nos construyen y nos llevan a caminar. Hay narraciones que nosotros mismos escribimos que nos paralizan y nos destruyen. Hay narraciones que nos maquillan. Hay narradores que se maquillan a sí mismos a través de lo que narran, que maquillan a sus personajes pero que se delatan a través de ellos. Hay narradores que se dignifican gracias a su narración, de la misma manera que hay quienes se narran a sí mismos y salen perdiendo. En este caso, el silencio es su verdadera narración, su Oro. Incluso la narración que otros puedan hacer de mi puede ser más fidedigna y sorprendente que mi propia narración. Por la misma razón, la narración que yo pueda hacer de otra persona puede que alumbre más sobre mi que sobre ella sin yo darme cuenta.

Una narración, tanto si se muestra como prosa o bajo forma poética, es siempre un ensayo. Uno empieza a narrar porque no sabe del asunto. Narra para llegar a saber. Una vez sabe, aquella narración debe experimentar un giro, un punto de inflexión o, quizá, un punto y final. Claro que también hay narradores tan agarrados a su narración que no la cambian, todo y que con ella ya no expliquen nada o, incluso, les perjudique. Hay narradores que narran lo que fueron pero no lo que son. Hay narradores que narran lo que todavía no son pero no lo que son. Y hay narradores que cambian de narración como quien cambia de camisa. Y los hay que llevan varias camisas a la vez.

sábado, 28 de junio de 2008

Coaching con Mapa

A esta entrada la podría haber titulado “Coaching & Astrología”, puesto que en ella quiero expresar lo mejor de ambos conceptos. El caso es que, para quien no los conozca a fondo –o si sólo conoce uno de los dos-, no hay binomio más contradictorio que el Coaching y la Astrología.

La premisa del Coaching dice que es la voluntad de progreso del coachee lo que determina el desarrollo de sus potenciales. En cambio, la premisa de la Astrología gira entorno a un destino establecido por las luces del cielo fundacional de una persona, de una familia, de una empresa o de un país. Sin embargo, para mi, que cultivo ambas percepciones, me parece de gran utilidad que se complementen. Monitorizar las sesiones de coaching a través del mapa natal del coachee otorga una serie de ventajas para el coach puesto que enriquece su percepción y permite captar un horizonte más amplio. En ese mapa es posible ver por adelantado en qué momentos pueden producirse puntos de inflexión más fructíferos en el desarrollo del proceso de coaching y aprovecharlos para definir, impulsar y acentuar cambios. Por otro lado, para un consultor astrológico, la aplicación del protocolo propio de los procesos de Coaching puede servirle para profundizar y ampliar la eficiencia y provecho del servicio que presta a su coachee.

Al igual que el rol del coach, el del consultor astrológico puede ejercitarse bajo diferentes estilos, aunque todos ellos tienen un común denominador y es que el consultor suele actuar como mentor, más que como coach. En mi caso, me descubrí como coach a raíz de una equivocación. Hará de esto unos 15 años. Tenía ante mi a mi cliente. Al iniciar la entrevista, al comprobar sus datos de nacimiento, nos dimos cuenta de que estaban equivocados y que, por lo tanto, la consulta no podía proseguir en ese momento. Puesto que ya estábamos frente a frente, planteé a mi cliente proseguir la conversación y dejar para otro día la lectura de su mapa. Pues bien, esa conversación fue toda una revelación para ambos. Tanto fue así que mi forma de abordar la consulta quedó transformada hasta el punto de que desde entonces me las ingenio para que mi cliente -ya convertido en coachee- diga por si mismo lo que yo le hubiese dicho de haberme mantenido en el modelo convencional de consultor astrológico. Con dicho modelo el cliente atribuye una excelencia al consultor. En cambio, en un proceso de Coaching monitorizado con el mapa fundacional, es el coachee quien se da cuenta de su excelencia potencial lejos de quedar admirado por las predicciones o por el discurso del consultor.

El otro descubrimiento que se deriva de esta fusión es que la rueda de la vida que usualmente se utiliza en los procesos de Coaching, compartimentada en 6 o en 8 áreas de interés, y que sirve tanto para al coach como para el coachee para hacer una prospección sobre qué asuntos deben ser abordados con prioridad, yo la he ampliado a 12 áreas, con lo cual obtengo algunas ventajas. Por lo pronto incorporo asuntos que las otras ruedas pasan por alto. Además, en esta rueda de la vida de 12 áreas es posible percibir figuras geométricas con las respuestas del coachee de tal manera que se observan vinculaciones entre asuntos de la vida que de otra manera pasarían desapercibidas.

Y, para acabar, la otra ventaja es que las respuestas que el coachee da en la rueda de 12 áreas son coincidentes con su mapa fundacional, con lo cual podría hacerse con ello una interpretación sin recurrir a las posiciones planetarias.

sábado, 29 de diciembre de 2007

El TAO de una relación


El plasma en el que nuestra vida se desarrolla está trufado de relaciones. Se puede decir, pues, que nuestra personalidad se construye y enriquece en base a vínculos. Lo que mostramos de lo que somos está favorecido o dificultado por las relaciones en las que estamos envueltos. Nos relacionamos con personas, con experiencias ya tenidas que se enlazan con las que se estén teniendo en este momento, con expectativas, con sueños. Nuestra infancia sigue tendiendo puentes hacia el presente y, quién sabe, si hacia el futuro de manera que lo que hemos sido todavía lo somos y lo seguiremos siendo sólo que se va amueblando de diferente manera según pasa el tiempo. Nuestro momento actual es un puerto en donde confluyen barcos con los que ya hemos navegado y rutas todavía no surcadas que parten de él.
Todo está en relación. Incluso nosotros mismos somos una pieza más en el engranaje de un cosmos en continua mutación hecho a base de vínculos. Cada parte de este cosmos no tendría sentido por si sola. Es la relación con el conjunto lo que provee de sentido a cada parte, la cual es fractal del Todo al que pertenece. En el mundo en que vivimos, centralizado en el yo de cada uno, es donde percibimos más chocantemente cómo uno no es nada sino es consciente de cómo se está relacionando, con qué y con quién.

En el ámbito de las relaciones interpersonales es en donde constatamos este hecho. No somos nada por nosotros mismos y todo nos viene en función de nuestro lugar en el mapa (cultural, familiar, de clase, etc…). Mejor dicho: no somos nada en concreto por nosotros mismos pero entrar en relación con otras personas nos lleva a concretar aspectos y motivos de nosotros mismos que de otra manera no adquirirían relieve. Comprometernos es definirnos, y definirnos es concretarnos y clarificarnos. Y todo ello movilizado por las relaciones que tenemos. Sin embargo, este plasma que hace germinar las relaciones tiene aspectos que suelen escapar a nuestra conciencia. No sabemos qué es lo que promueve las relaciones pues sucede que no siempre tenemos relaciones con quien queremos y ni tampoco a quien amamos. Quizá es que el amor no es lo que genera las relaciones, excepto que consideremos la palabra amor como algo que está más allá de impulsos, voluntades y conciencias. El amor no es generado por un anhelo de compañía ni por una atracción física. Es otra cosa. El amor es el plasma mismo y las células que flotan en él actúan de acuerdo a un mandato profundo llamado vida, el cual sólo somos capaces de percibir con el tiempo y con la edad. Se podría decir que lo que motiva inicialmente una relación es un anhelo, un deseo, una atracción o cualquier otra necesidad más o menos reconocida conscientemente. Sin embargo, una vez decaída la fase carismática inicial, podemos palpar motivos más profundos.

Pareciera como si nuestras relaciones y nuestros afectos pudieran ser escogidos y administrados a voluntad y, sin embargo, la dimensión a la que denominamos sombra se encarga de mostrarnos que, más allá de cualquier inclinación inicial reconocida, hay una ruta inconsciente, un hilo que hilvana todos nuestros días y que nos lleva a establecer vínculos con un contenido que tan sólo puede ser percibido a partir de cierto momento, cuando se es capaz de dejar de lado cualquier forma de interés particular o local.
En efecto, somos individuos hechos de vasos comunicantes cuyas aguas fluyen misteriosamente. Y resulta que estas corrientes, excepto que se esté atento a ellas, transcurren por debajo del nivel del mar de nuestra vida. El interés inicial que nos lleva a establecer una relación es tan sólo la punta del iceberg de lo que en realidad sucede. Las razones, pues, están en el fondo.

Las llamadas profesiones de ayuda constituyen una plataforma en donde es más factible observar cómo las personas se escogen unas a otras más allá del enfoque o etiqueta con que cada cual se presente. El profesional puede presentar sus credenciales com psicólogo, coach, terapeuta o como prefiera. El cliente puede decir que su inquietud es tal o cual. Sin embargo, más allá de lo que cada uno proclame de si mismo, de su enfoque profesional o de lo que le pasa como cliente, el motivo fundamental que hace que uno esté junto a otro es obra de ese plasma. Él mueve las relaciones en función de rasgos comunes entre las células que con el roce necesitan ser potenciados por necesidad evolutiva del cual todo el sistema participa. La vida es así, evolución. Nosotros somos las células.

Cuando acudimos a un consultor solemos guiarnos por su enfoque, por lo que otros nos digan de él o por su fama o prestigio social de su profesión. Sin embargo, la consistencia de lo que esa relación nos aporte vendrá dada por la fluidez con que los vasos comunicantes transmitan el uno al otro sus esencias.
Cada consultor atrae a un tipo de clientes. Aunque aparentemente somos individuos independientes, la realidad nos demuestra que esta interconexión actúa más allá de las voluntades particulares. Cada profesional –y cada persona en su medio y en cualquier circunstancia- atrae a otras con las que comparte elementos de su estructura profunda. Se podría decir que la especialidad del consultor habla no sólo del tipo de clientes con los que prefiere tratar sino también de aquello que necesita trabajar. A tal fin, la vida pone ante él personas con un mismo interés de fondo. Más allá del motivo de un cliente, hay un motivo más profundo que necesita ser compartido a partes iguales si es que queremos ir un poco más allá del síntoma inicial.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Crónica de un descubrimiento


Llevo en el mundo de la consultoría formalmente desde 1988. Mi formación es atípica, hecha de mezclas. Construida con perlas que fui encontrando tanto en estudios reglados –ortodoxos- como en los no reglados –heterodoxos. El caso es que me vi consultor incluso antes de saber lo que quería decir y, evidentemente, mucho antes de iniciar mi preparación intelectual. De niño, en la escuela, mis compañeros me confiaban sus congojas y sus secretos. Yo era entonces más contenido e introvertido de lo que lo soy ahora y, seguramente, la percepción que los demás tenían de mi invitaba a la confidencia. También sucede ahora pero de una forma más deliberada. Digamos que como confidente y como cómplice me he ido haciendo más activo y creativo aunque, también, más crítico. Todo ayuda: los conocimientos, la experiencia, ser consciente de las necesidades humanas reales –las que se esconden bajo los deseos superfluos-… y, también, percibir cómo la vida genera relaciones con personas con las que se comparte algo más que simpatía, intereses y gustos comunes más o menos conscientes.

Luego explicaré algo más de esto último, pero antes comentaré el descubrimiento.
Uno de los conocimientos (o la suma de todos ellos) dio a lugar a poder cartografiar las relaciones entre personas de una manera que no es única, entre otras cosas porque hay otras herramientas que ya lo hacen –la grafología, la morfopsicología, la tipología, el digitoanálisis, tests, la percepción de la sintonía en una entrevista, etc…- Estas herramientas ayudan a describir a las personas y pueden, si conviene, hacer estudios de compatibilidad de sus relaciones. Por tanto, la excelencia de la cartografía que utilizo no es exclusiva de ella. Hago estudios de compatibilidad en la relación entre personas como lo podría hacer con la grafología. La particularidad, sin embargo, no reside en la técnica sino en cómo la he ido utilizando. De las razones por las que mis primeros clientes solicitaban consulta, la más importante giraba en torno a las relaciones de convivencia. Ello me llevó a encontrar el método con el que podía prestar el asesoramiento más eficaz orientado a percibir los claroscuros de la relación con vistas a que los consultantes supieran a qué atenerse y cómo corregir y mejorar sus vínculos. No es un método predictivo ni determinista. Simplemente trata de ayudar a conseguir una percepción más realista y posibilista de lo que acontece en una relación.
Posteriormente utilicé este método, no sólo para estudiar mis relaciones particulares, sino para estudiar cómo es mi relación con cada cliente y qué es lo que se realzaba o atenuaba en cada uno de nosotros como consecuencia del vínculo. De este modo descubrí que se podía constatar y cartografiar el milagro de la sincronicidad y de lo que en física cuántica se denomina “ley de atracción”.

Todos habremos constatado cómo las relaciones con los demás pueden dar lugar a que características de nuestra estructura de personalidad queden realzadas o atenuadas. Con determinadas personas nos sentimos y nos mostramos más locuaces; en cambio, con otras, emitimos un registro más emocional, o nos encontramos más duros, más tiernos, o más serenos, o más inquietos. Siempre somos nosotros y lo que cada relación genera es un realce o una atenuación de cosas que siempre están, han estado y estarán. La cuestión es llegar a conseguir cartografiar esto. Lo comprobé en las consultas haciendo estudios de cómo era mi relación con cada cliente. Y no sólo esto sino que fui percibiendo que cada relación tiene un daimon o designio que va más allá de la voluntad consciente de los participantes. Se puede decir entonces que la relación decide lo que cada uno de los participantes desarrolla. Yo mismo puedo constatar cómo según con qué personas mi rendimiento es alto y poco esforzado, o, según con quién, mi productividad, para que sea igualmente alta, supone más esfuerzo. Así, pues, he ido comprobando cómo las personas nos escogemos inconscientemente para realizar cierto tipo de ajustes internos. Cada relación refleja elementos de nuestro mundo interno que se comparten y se potencian mediante vasos comunicantes que van de una persona a otra. Así, por ejemplo, si deseamos pulir determinadas facetas de carácter nos encontraremos con personas que tienen esa misma faceta destacada por exceso o por defecto.
Yo mismo puedo cartografiar y calibrar cómo es mi relación con cada consultante hasta el punto de reconocer y potenciar conscientemente esas facetas comunes para hacer más eficiente la consulta.

Sin embargo, el primer gran desafío sobrevino al plantear qué pasaría si lo cartografiable en una persona pudiese ser extrapolado a una empresa. Es decir, si un ser humano dispone de un cuerpo formado por órganos que ejercen diversas funciones, ¿no podría ser que las organizaciones funcionaran de forma análoga al cuerpo, y sus departamentos tuviesen funciones semejantes a las de los órganos?. El segundo gran desafío consistió, también, en si era posible describir una relación entre dos personas y calibrar su compatibilidad, ¿cómo no iba a ser posible hacer eso mismo en una relación entre una persona y una organización? Para que este planteamiento surgiera tuvo que producirse una detonación, y ésta sobrevino con el encuentro con la filosofía en la que se asienta la Medicina Tradicional China (MTC). Esta filosofía da a entender que una empresa funciona como un organismo vivo, de la misma manera que entiende que la vida de una persona y el mismo cuerpo humano son una empresa. Por tanto, se podría aplicar aquí lo dicho anteriormente sobre los vasos comunicantes interpersonales solo que llevado aquí a las relaciones entre individuos y organizaciones. Cada vaso comunicante es una faceta de carácter que puede entrar en resonancia con otra faceta perteneciente a otro individuo. A ello lo denomino atractor. Los atractores pueden poner en resonancia tanto excelencias como defectos. Cuando coincide que un atractor excelente –de una persona, de una organización- resuena con otro atractor semejante –de otra persona, de otra organización-, genera un marco de relación propicio para el desarrollo y la prosperidad de ambas. Por el contrario, cuando lo que entra en resonancia son atractores críticos lo que sucede es que el esfuerzo es mayor para llegar a un rendimiento mediano, a parte de generar distorsión en el funcionamiento tanto de la persona como de la organización.

Esta manera de captar la estructura de carácter de una empresa y relacionarla con la estructura interna de una persona permite obtener una percepción útil que puede utilizarse para observar, clarificar y mejorar situaciones problemáticas en la dinámica organizativa. Por ejemplo, puede utilizarse en selección de personal, en procesos de headhunting –como herramienta que ayuda a hacer más certera y completa la función del headhunter- y en determinados servicios de consultoría o auditorías enfocadas en factor humano, puesto que ayuda a que las piezas encajen de tal manera que tanto las personas como las empresas puedan obtener de su relación la más alta cota de bienestar y productividad. Para una empresa, poder escoger al candidato con el que se genere la relación con el más alto índice de compatibilidad -incluso antes de la contratación- puede evitar consecuencias indeseadas o imprevistas, entre otras cosas porque el sistema permite obtener una información anticipada acerca de lo que puede ocurrir con cada candidato antes de su contratación. Por la misma razón, también es útil para un aspirante talentoso poder sondear en qué empresa podría obtener una mayor cota de bienestar, incluso aunque inmediatamente no tenga previsto hacer cambios en su situación profesional.

Como comenté anteriormente, los individuos nos desarrollamos de forma diferente en función del medio, de las personas con las que interactuamos y, también, de la organización en la que trabajemos. Podemos ser muy eficientes y fluidos en una determinada empresa, o bien, estar bloqueados o improductivos ejerciendo la misma función en otra. La respuesta bien puede estar en que con unas empresas somos compatibles y rendimos sin esfuerzo, mientras que en otras, la cantidad y calidad de atractores es inferior. En cualquier caso, podemos anticipar estas situaciones a través de Hidden Profile, cartografiando las relaciones y estudiando sus niveles de compatibilidad y resonancia tanto en cantidad como en calidad. De este modo se obtiene una información privilegiada que permite observar por adelantado cómo se desarrollará una relación y cuál va a ser su cota de productividad, lo cual es de interés tanto para organizaciones como para personas.

Sectores a los cuales Hidden Profile va dirigido:
Empresas y empresarios, Consultores y Consultorías estratégicas, HeadHunting, Asesores, Formadores, en procesos de Coaching, Counseling & Mentoring, Management & Marketing, Selección de Personal, Periodismo, Información, Prospectiva, Aspirantes talentosos, Ejecutivos, Directivos, Líderes en organizaciones, Recursos Humanos, Clima Laboral, Asesoramiento Laboral Sistémico…. y en cualquier otra actividad en la que la percepción por adelantado del rendimiento de una relación sea importante para el aspirante, para el empresario y para la organización.

jueves, 8 de noviembre de 2007

El Coaching como síntoma


Hace unos años, cuando me explicaron que el Coaching estaba empezando a hacer furor en las empresas pensé que tal cosa tenía una doble lectura. Vamos, que el éxito del Coaching era proporcional a la incomunicación creciente y al consiguiente desasosiego. Que algo tan sensato y accesible como debiera ser dedicarle tiempo a una conversación haya desembocado en una prestación profesionalizada describe bastante bien en qué tipo de mundo vivimos. Tenemos a disposición cada vez más medios para poder comunicarnos, pero la calidad y la cantidad de las conversaciones parece ir cayendo en proporción a la profusión de dichos medios.

El auge del Coaching es tan sólo un indicio, un ejemplo de la erosión de las relaciones. No es casual que dicho auge coincida con el fenómeno denominado mobbing, el acoso laboral. Marie-France Irigoyen, José Antonio Marina, Richard Sennett, Theodore Zeldin y Zygmunt Bauman aportan análisis lúcidos al respecto. De este último autor, su libro “Amor Líquido” es un exponente. El otro ejemplo es la creciente judicialización de la sociedad perceptible en la cantidad de pleitos que transitan por los juzgados. La profusión de actos judiciales, especialmente los que conciernen a litigios de la vida corriente, es otro síntoma más de la falta de comunicación y de la falta de compromiso (y tiempo) dedicado a mejorar los contenidos de nuestras conversaciones y de nuestras relaciones. El que sin previo aviso un vecino me ponga una denuncia por un motivo nimio, que se podría haber resuelto entre nosotros, permitiendo que el sistema judicial ocupe el lugar que debería ocupar una comunicación de cierta calidad, es un síntoma de algo que no sé cómo nombrar.

El fundamentalismo toma fuerza en la sociedad de la incomunicación. Lo observamos en actitudes que nada tienen que ver con motivos religiosos. Hasta ahora tomábamos como fundamentalista la actitud de quienes defienden la literalización de un credo o de una posición política o ideológica. Sin embargo, vamos viendo que esta fundamentalización se está extendiendo a esferas que no son religiosas ni políticas. En la Torre de Babel en la que vivimos vemos cómo nos vamos encastillando en posiciones que afectan no ya a credos o ideas sino a aspectos corrientes de la convivencia diaria.
La judicialización o el auge del Coaching son sólo síntomas de una sensación de fracaso, del descuido progresivo de aspectos elementales y sencillos que alimentan nuestra vida de relación (y de conversación). Me pregunto qué pasaría si dedicáramos más atención y tiempo a generar las condiciones para una mejora de la comunicación: probablemente el Coaching no existiría y los juzgados tendrían menos trabajo.

lunes, 29 de octubre de 2007

Esponjas de Conocimiento


Somos esponjas de conocimiento en medio de un mar de información. Cada uno absorbe datos de ese mar, los retiene, los mezcla con la experiencia atesorada, los transforma y los transmite, a su vez, transformados. Sin embargo, puede haber en la esponja poros obturados. Queremos dar y recibir pero notamos que algo no funciona, que perdemos fluidez, que nuestras capacidades no se expresan, que nuestro esfuerzo no resulta eficaz o que se nos hace difícil remontar una situación aún teniendo capacidad para ello. Perdemos productividad y bienestar hasta que una ola en ese mar nos ayuda a limpiar nuestros poros restituyendo el flujo y el intercambio productivo. Esa ola, obviamente, es una metáfora. Y el mar, también. La ola es un símbolo de una ayuda que el propio sistema nos trae. Si la situación es abordada a tiempo, la ola que necesitamos no hará falta que sea grande. Las causas del malestar suelen generarse en épocas de bienestar en las que, quizá, un sentimiento de euforia nos impide visualizar el desarrollo futuro de lo que es real. Un proceso de Coaching a tiempo puede estar representado por una pequeña ola que desobtura los poros de nuestra esponja. Esos poros pueden ser creencias acerca de nosotros que van en nuestra contra. En cambio, lo contrario, no hacer caso de las señales mientras uno vivió una euforia como quien vive una borrachera, puede suponer que el sistema –el mar- genere una ola tan grande que ponga en peligro nuestra propia supervivencia.
Hemos llamado Coaching a esa ola que nos ayuda a tiempo, pero también podría llamarse de otra manera. Puede tener nombre de persona, alguien que nos puede ayudar pero con quien nunca antes nos habíamos atrevido a exponer nuestra situación. A menudo, las soluciones están más cerca de lo que pensamos. Para atraerlas tan sólo es necesario que seamos lo suficientemente humildes y claros a la hora de exponer nuestras necesidades. Si estamos acostumbrados a dar una imagen de control y de dominio, nos costará más darnos a entender, pero, al mismo tiempo, puede suponer para nuestro interlocutor una agradable sorpresa que hará que la ayuda que nos pueda dar sea recibida con mayor intensidad y provecho. Nosotros habremos percibido nuevos detalles, y nuestro interlocutor se habrá sentido útil.

jueves, 18 de octubre de 2007

Este chiste dice mucho de mi...


Este chiste del genial Gary Larson dice mucho de mi, más de lo que yo pueda decir.

lunes, 15 de octubre de 2007

El efecto Medici


"El efecto Medici" es el título de un libro de Frans Johansson que viene a ser el Mito Fundacional de este blog. Lo encontré en un momento muy especial, mientras me estaba planteando cómo aplicar los conocimientos acerca del funcionamiento de los órganos del cuerpo humano en las empresas para entender mejor la dinámica que en ellas acontece. En aquel momento pensaba que era una idea descabellada, pero justo me encuentré con este libro y me decidí a seguir adelante. Este libro habla de transversalidad entre conocimientos como base para el desarrollo de una percepción más amplia. Johansson introduce el concepto de "bajas barreras asociativas" como sinónimo de apertura y visión. Mientras redacto me acuerdo de una frase dicha por Moebius en La Contra de La Vanguardia: "Con los años pierdes vista y ganas visión". Eso es como decir que con los años van cayendo las barreras asociativas. También recuerdo una entrevista con Luc Steels -filósofo del lenguaje-, también en La Contra, que empieza así:

Es usted el primer científico que me
dice que ve algo bueno en la vejez.
–Con los años consigues una inteligencia
relacional: has aprendido
mucho y puedes empezar a relacionarlo
todo. Por eso las culturas tradicionales
daban el poder a sus mayores.
–La edad te hace sabio... dicen los viejos.
–Yo no soy tan viejo y lo digo. Cuando era
joven, mi inteligencia era de especialización:
podía ser el mejor pianista o el mejor matemático,
pero no tenía la capacidad de relacionar
esos dos campos con perspectiva.
–¿Y ahora sí que puede?
–Ahora gozo del inmenso placer del conocimiento:
el único que vale la pena cultivar
porque los demás cesan con la edad. Ese placer
consiste en saber relacionar todo aquello
que he aprendido con los años. Y es más intenso
cuanto más has vivido y aprendido.
–Deme un ejemplo.
–De joven me gustaba el teatro y después
me especialicé en inteligencia artificial. Hoy
he estrenado en el Festival de Aviñón... ¡y
con una crítica excelente!, una obra sobre el
caos y la complejidad. Ha sido un placer.
–¿Y de joven no podía sentirlo?
–De joven tu tendencia es a especializarte,
porque te falta capacidad relacional, por eso
los premios Nobel de ciencias exactas acostumbran
a ser muy jóvenes, pero las grandes
ideas del humanismo y las ciencias sociales
suelen alumbrarse ya en la madurez.

Valgan estas menciones para ayudar a que este blog sea lo más transversal posible.